Estoy tumbada en un prao, hierba fresca, brisa suave de otoño, mirando hacia el cielo, hacia el infinito, pensado en ti.

Cerca de mí, un viejo sauce llorón, sus hojas danzan despacio entre el viento y la luz del sol, siguen el sonido del río, de los pájaros, de los latidos de mi corazón, las ramas se inclinan hacia mí suavemente y cierro los ojos.

 Mi alma empieza a crecer dentro de mi cuerpo recorriendo mi ser como una enorme serpiente de luz, que desea una salida, un rincón, necesita escapar de su encierro y entonces una fuerte convulsión golpea mi corazón y se va hacia el infinito.

Mi cuerpo tumbado, mis ojos perdidos en el cielo, mis manos abiertas, mi corazón mudo y mi alma en el infinito recorriendo la eternidad buscándote, llamándote a gritos, desesperada sin saber donde estás.

Tu alma se marchó muy lejos, terminó su recorrido en este mundo y me dejó sola y ahora mi alma perdida no sabe que hacer pero una pequeña luz le ilumina desde el suelo, a lo lejos cerca de un viejo árbol.

Esa luz le da paz, amor, ternura y la serpiente de luz baja hacia el árbol, allí se encuentra un cuerpo muerto y cerca de él una gran serpiente dorada. Las dos serpientes se miran intentando recordar ese momento como lo más hermoso de sus existencias y la serpiente de luz vuelve a entrar en aquel cuerpo muerto.